Inserción y legitimación del tatuaje en el arte contemporáneo

Artículo escrito para el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, 2022

El arte es subjetivador, nos constituye como sujetos inquietos de sí[1] al tener una experiencia estética mediada por lo sensible y por lo que supera nuestros sentidos. Si el arte se lleva en el cuerpo, ejerce con más fuerza su capacidad de distinción individual, su elemento ya sea separatista o gregario de una población, su posibilidad de disfrute y la opción de llevar sobre sí y hasta la muerte la marca de un rasgo unario que nos define. Proponemos el tatuaje como un tipo de arte irrepetible en cada individuo.

Esta subjetivación en la era contemporánea se refiere al sujeto-gobierno de sí, marcado, ciertamente conocedor de su corporalidad sobre la que se juega el poder y sobre la que ejerce transformaciones en busca de su verdad y sus rituales privados.

El aporte de una reflexión sobre el tatuaje en la época actual ayuda a preguntarnos si vivimos ya las condiciones de posibilidad para introducir en el rígido, pero cada vez más amplio esquema del Arte, una práctica milenaria, no necesariamente occidental, de una estética subvalorada y de riqueza semántica como el tatuaje.

 

Hitos en la historia del tatuaje

Cualquier referencia a la historia del tatuaje mencionará sus orígenes en el registro arqueológico, desde el Paleolítico Superior. Se ubica el tatuaje más antiguo en una momia que han llamado Ötzi, quien vivió alrededor de 3370 – 3100 AEC[2]. Su cuerpo, encontrado en 1991, presentaba 61 tatuajes en forma de líneas paralelas y perpendiculares, posiblemente con funciones curativas. La artista estadounidense Nicole Wilson realizó un performance donde tatuó en su cuerpo los mismos tatuajes que presentaba la momia del llamado “hombre de hielo”, mostrando el interés del gremio artístico contemporáneo por este tipo de cultura visual prehistórica.

En la Antigua Grecia, los escritos de Heródoto documentan el uso del tatuaje entre los tracios, utilizada para distinguir a la nobleza[3]. No obstante, acorde al proyecto civilizatorio griego, el tatuaje fue leído como un signo barbarie, proyectando una otredad. De hecho, la palabra “estigma” se origina en este contexto para referirse a la marca dejada en la piel de criminales (castigo) y esclavos (posesión): “El tatuaje es, entonces, un signo de vergüenza y sometimiento, donde el cuerpo es marcado por otro y también marcado como 'otro'”[4]. Los romanos continuaron con esa noción y utilizaron lo que llamaremos la marca no consentida. El tatuar a un esclavo desmoralizaba sus intentos de huida, pero al mismo tiempo los tatuajes demarcaban rangos militares: “Esto permitió que los soldados de diferentes unidades se distinguieran entre sí y se fortalecieran los lazos entre los hombres dentro de las mismas”[5].

En la era paleocristiana del Imperio Romano, los cristianos que eran perseguidos y condenados necesitaban identificarse entre sí a través de símbolos que sólo ellos podrían reconocer como comunidad, por lo que tendían a tatuarse cruces, ichthys o peces. Según Burrus, los antiguos cristianos subvirtieron los símbolos de sumisión y se apropiaron de la identidad del esclavo o criminal (de un Cristo crucificado y estigmatizado), de forma que lograban traducir la marca humillante de la subyugación política en una inscripción de elección divina[6]. Pero una vez legalizado el cristianismo, se prohibió esta práctica bajo mandato de Constantino (siglo IV), pues se veían en el tatuaje resabios de paganismo[7]. En la Edad Media, a pesar de esta prohibición, los caballeros cruzados se tatuaban motivos como la cruz, para que en caso de morir se les diera sepultura cristiana. También es posible que se tatuaran dragones (típica usanza de la caballería medieval), símbolo iconográfico de San Jorge, su patrono y protector. Notamos allí la coexistencia de la prohibición y el honor del tatuaje.

El contacto a través de expediciones de la Edad Moderna, hizo que se conociera la práctica del tatuaje más famosa de la historia: las de los pueblos polinesios. Ya existían registros de personas completamente tatuadas en los relatos de Marco Polo en el siglo XIV (escritos más fantásticos que científicos, previos a la ciencia moderna); pero el personaje a quien se debe su popularización es el capitán inglés James Cook[8], debido a sus viajes por Tahití en el siglo XVIII (nótese el contexto que lo permite: época de Ilustración, descubrimientos, deseo de saber, exploraciones ultramarinas, exotismo). Con la mentalidad occidental y colonial de la época, Cook trasladó a Londres algunos “ejemplares” de polinesios para ser exhibidos, podría decirse que como parte de una colección para gabinete de curiosidades y rarezas.

Y es que Cook “descubrió” a los maoríes en las islas del Pacífico, con su arte ta moko de diseños muy complejos, en líneas y espirales que recorren a la persona desde la cara hasta los pies. Es un tatuaje tribal que distingue rasgos sociales no sólo a nivel de la tribu, sino que hace a cada persona inconfundible. Entre más tatuajes y más elaboración, la persona tenía más edad y más estatus[9].

Las contradicciones de este proceso de intercambio cultural se van complejizando. Por un lado, está la noción del otro salvaje y exótico; y hay también una segunda noción del tatuaje en lugares visibles como marca de delincuencia y clases bajas. Pero también hubo una tercera salida, a través de la aristocracia y la burguesía europeas, quienes en su doble moral victoriana ocultaban sus tatuajes. Una contradicción, o más bien, ironía, o más aún, una broma macabra de la historia; es que, si bien los expedicionarios llevaron el tatuaje a Europa, los misioneros cristianos se fueron encargando de erradicarlo de sus zonas originarias (los pueblos “primitivos”), obedeciendo a los decretos papales. No obstante, los samoanos mostraron una resistencia tal a los intentos de evangelización, que hoy por hoy son la población que ha logrado mantener la continuidad de su práctica ancestral del tatuaje[10].

Ya en el siglo XIX los tatuajes eran contenido circense a modo de freak show, pero eran también una práctica de rigor en la aristocracia europea y las clases altas de los Estados Unidos. Es allí donde, después de la Guerra de Secesión, se da una reivindicación del tatuaje (posiblemente asociada al tema de la esclavitud) y se abre en Nueva York el que podríamos llamar el primer estudio de tatuajes, época en la que también se patentiza la primera máquina eléctrica para tatuar (innovación tecnológica que permite que el proceso sea más rápido, menos doloroso y con más posibilidades pictóricas). En 1898 se registra una edición de Harmsworth Magazine referida al uso del tatuaje en la realeza europea como “queer craze[11] (actividad rara y extremadamente popular, algo disruptivo que causaba fascinación). Puede leerse esta discordancia como una de las formas en que una aristocracia podía sostenerse en una sociedad moderna, es decir, ser viable en una época anti-aristocrática.

Ejemplos de contradicciones alrededor del uso del tatuaje se siguen encontrando entrado el siglo XX. Un ejemplo bastante popular y del otro lado del orbe es Japón, donde se daba la identificación de delincuentes a través de tatuajes involuntarios (desde el siglo VII), y luego voluntarios, tanto que llegaron a ser el distintivo de una organización criminal sindicalizada. La iconografía yakuza es muy particular, pues se basa en personajes mitológicos con un diseño que rememora la estampa japonesa del período Edo, llamada ukiyo-e. Se utiliza como símbolo de lealtad y coraje, lo cual hasta nuestros días ha desarrollado un estigma significativo.

Las contraculturas y subculturas de la segunda mitad del siglo XX fueron decisivas para entender el tatuaje como lo hacemos actualmente. El movimiento hippie dignificó la práctica del tatuaje y le agregó un importante elemento colorista, y en los 80 las movidas del punk, el rock, el heavy, los motoristas y otros, constituyeron lo que se puede llamar “el renacimiento del tatuaje”. Es de resaltar cómo el tatuaje seguía demarcando a grupos particulares que querían distinguirse. Ya para los 90, la industria del tatuaje fue una de las de mayor crecimiento en los Estados Unidos. Es el mainstream del tatuaje y su normalización en la industria mediática.

Esto ha llevado a intentos de clasificación. Por ejemplo, DeMello[12] propone una periodización donde el tatuaje primitivo formaría parte de lo que ella denomina “ritual work”, asociado a las prácticas étnicas de culturas lejanas; al segundo estadio relacionado con el tatuaje como práctica de grupos marginales, lo denomina “folk art” y, por último, el período correspondiente a la época actual, en la que la clase media acepta y practica el tatuaje de forma notoria, y correspondería al tatuaje como “fine art”.

Esta propuesta no nos interesa desde un punto de vista cronológico ni categorial más que por una facilidad didáctica. El “primitivismo” que dio origen a las prácticas de pigmentación permanente de la piel se refiere a un extenso período en la historia, aún preservado, en el que el tatuaje tiene un sentido ritual (ritual work). El ejemplo más claro es el de los maoríes. Este punto de vista arqueológico y etnográfico arroja información valiosa, mas no deja de ser la mirada de la otredad (occidental) la que determina y agrupa esta categorización.

En el segundo momento (folk art) hay dos virajes: un pasaje de lo ritual a lo folklórico, donde hay un sentido de iniciación de minorías o subculturas e importa la identificación como grupo. La yakuza es el modelo más ilustrativo, importado desde Lejano Oriente y apropiado por las culturas de guetos alrededor del mundo. También hay un cambio en el léxico y a este folklore se le da un sentido artístico, aunque sea mínimo y reducido. Ya no es un “trabajo ritual”, binomio de palabras que insinúa una labor manual y artesanal. Al acercar paulatinamente la práctica del tatuaje hacia un estatuto de Arte, aunque sea incipiente, cambia la connotación y se vuelve objeto de estudio de nuevas disciplinas contemporáneas.

Este viraje de work hacia art nos lleva al tercer estadio del tatuaje como parte de las Bellas Artes, aunque DeMello utilice letras minúsculas para expresarlo. La legitimación tímida del tatuaje como fine art abre la puerta para hacer una lectura más atrevida a partir de parámetros y argots propios de un mundo exclusivo y elitista como el arte contemporáneo y sus modalidades de exhibición, pero también permite el acceso más democratizado que nos ha llevado al mainstream del tatuaje como un arte de todas las clases sociales. Dar ese epíteto artístico, estimula a dar unos primeros pasos hacia la identificación de problemas, potencialidades, dificultades, facilidades y afinidades tanto conceptuales como prácticas que dan ciertas condiciones para hacer una lectura como la que se propone a continuación.

 

Otra lectura heterodoxa del concepto de “Arte”

Con el cuestionamiento y caída del concepto de las Bellas Artes, y con el surgimiento de nuevas teorías y métodos para el estudio de la imagen y la cultura visual, es posible tratar de discutir el tatuaje desde el contexto del arte contemporáneo. Tomando en cuenta que la historia del tatuaje está aún siendo construida, llena de vacíos y contradicciones, este intento de traer a la mesa de disección una supuesta correspondencia tatuaje-arte, no deja de ser problemático.

¿Es el tatuaje un arte? Hablando desde la pregunta y no desde el saber, se pueden arrojar algunas interrogantes al aire. El tatuaje puede (¿o no?) verse enfrentado a las mismas interrogantes y criterios a los que se ha sometido el arte a través de la historia y de las instituciones que lo han legitimado, por lo que es válido un ejercicio de extrapolación del tatuaje al quehacer del mundo artístico, donde se abran quizá pequeñas rendijas que permitan al tatuaje acceder a la porosidad de las definiciones clásicas y academicistas del arte.



[1] Referido al sujeto y a su constitución como tal, enfatizando lo referido a la relación del ser humano consigo mismo que permita emprender una hermenéutica de sí. Michel Foucault, La hermenéutica del sujeto (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2002).

[2] Aaron Deter-Wolfa, et al., “The World’s Oldest Tattoos”, Journal of Archaeological Science: Reports, n.° 5 (2016): 19-24.

[3] Maurici de la Pisa, “La visión del ‘otro’ en las Historias de Heródoto” (Universitat Pompeu Fabra, 2014), https://repositori.upf.edu/bitstream/handle/10230/24869/Pisa_2014.pdf;sequence=1

[4] Virginia Burrus, “Macrina’s Tattoo”, Journal of Medieval and Early Modern Studies 33, n.° 3 (2003): 404-405.

[5] Agnieszka Marczak, “Tattoo World”, Honors Projects Overview, n.° 29 (2007): 13.

[6] Burrus, “Macrina’s Tattoo”, 405.

[7] Josep Martí, La cultura del cuerpo (Barcelona: UOC, 2012): 32.

[8] Martí, La cultura del cuerpo..., 32.

[9] Para más información del tatuaje ta moko y sus técnicas, véase Ngahuia Te Awekotuku, “Ta Moko: Maori Tattoo”, en Goldie, ed. por R. Blackley (Auckland: Auckland Art Gallery, 1997), 109-114.

[10] Para una sensibilización acerca de las luchas maoríes contemporáneas por conservar sus prácticas, revisar Linda Waimarie Nikora, Mohi Rua y Ngahuia Te Awekotuku, “Renewal and Resistance: Moko in Contemporary New Zealand”, Journal of Community & Applied Social Psychology, n.° 17 (2007): 477-489.

[11] Gretchen Larsen, Maurice Patterson y Lucy Markham, “Tattoo-Related Stigma in an Era of Commodification”, Psychology and Marketing 31, n.° 8, (2014): 670-681.

[12] Margo DeMello, “‘Not Just for Bikers Anymore’: Popular Representations of American Tattooing”, Journal of Popular Culture 29, n.° 3 (1995): 37-52.

Tatiana Muñoz Brenes

Tatiana Muñoz Brenes es historiadora del arte, curadora, museóloga y activista. Su trabajo examina críticamente las intersecciones entre género, sexualidad, lucha de clases, raza, colonialidad y poder institucional en el campo del arte y de los museos. Desde una perspectiva feminista, queer y decolonial, su investigación expone la opresión sistémica de sujetos marginalizados dentro de la historia del arte oficial y las prácticas museales canónicas.

https://nyu.academia.edu/tatianamunozbrenes
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